Había una vez un gato silvestre. Ese gato, que había muerto y resucitado montones de veces había sido criado por muchas personas por las cuales no sentía más que indiferencia. El minino no le tenía miedo a la muerte. Pero un buen día, nuestro gato se hecho la manta a la cabeza. Conoció a una preciosa gata blanca y ambos vivieron felices. Pero al cabo de algún tiempo, la gata blanca envejeció y murió. El gato silvestre lloró hasta que se le secaron los ojos y también murió. Pero esta vez no volvió a resucitar.

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